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RELATO GANADOR: "En dos ruedas por la Red" - Rosa Rubio (Avilés)

Viajar es en sí misma una palabra llena de magia y siempre ha sido una de mis favoritas.

Viajar con la imaginación por mil historias, en los libros; viajar a través de la palabra, conociendo miles de personas que siempre te hacen descubrir algo hermoso; viajar en dos ruedas descubriendo mil y un lugares nuevos... Viajar.

Por todo ello, el descubrimiento de Internet y de las nuevas tecnologías de la información espoleó mi curiosidad desde el principio. Como un niño que abre una caja de sorpresas fui conociendo los recursos que escondía ese nuevo aliado: páginas que te ayudan a descubrir las rutas más cortas, las recomendadas; planos de las ciudades donde hasta puedes ver desde el aire el edificio del museo que quieres visitar; alojamientos seleccionados por características o precios, y de nuevo ver tu posible habitación... ¡Magia!

Con la reticencia e inseguridad del que se adentra por caminos desconocidos, pero al mismo tiempo con una dosis considerable de osadía, comencé reservando una casa rural en un pueblo perdido de Eslovenia, junto al lago Bled, pasando por contratar el barco que ahorraría algunos kilómetros a nuestra sufrida moto. Temblaba cuando me acerqué a la taquilla del muelle con mis papeles impresos de reserva: no es posible, algo tiene que fallar... Al ver que me tendían sin más la pegatina de identificación para cargarla en el ferry, volví a pensar: magia.

Y llegamos a Zasip, y allí nos recibieron con el e-mail de reserva en la mano, una sonrisa y un bienvenidos esloveno: magia.

Conocimos gente de todos los países que cruzamos y la despedida incluía siempre el intercambio, como no, de direcciones de correo electrónico: fotos y fotos corrieron por la Red... amigos en el ciberespacio.

Como los viajes se conservan frescos más tiempo si están bien envueltos en palabras e imágenes, me aficioné a guardarlos así en mi personal arcón de los tesoros y compartirlos en páginas sobre el tema: y de ese modo  nació mi corresponsalía en una asociación de viajeros asturiana: texto en  Word, enlaces de información interesantes  y fotos digitales para ilustrarlo: magia.

De ahí a organizar viajes en grupo sólo había un paso, y lo di. Creando una lista de contactos moteros con los amigos de salidas esporádicas en dos ruedas, nació una peña motera internauta astur-leonesa, que ya va a cumplir tres añitos. Es fácil calcular rutas con kilómetros adecuados para un fin de semana, buscar sitios recomendados para comer, alojamientos para el grupo, visitas turísticas de media mañana... El miedo inicial ya es cosa del pasado.

Sin olvidar el apoyo que supone la posibilidad de colgar opiniones de los establecimientos o servicios utilizados en nuestras correrías. Nunca hemos tenido un mejor y más barato defensor: de nuevo magia.

Y rodando, rodando, nuestra moto se fue cansando... Cuando la vendimos, en tiempo récord por cierto, gracias a las innumerables webs de compra-venta que existen, sentí la despedida. Vale, la cambiábamos por una mejor, más potente, más cómoda. Pero ella nos había llevado a tantos sitios bonitos, soportando todo tipo de inclemencias sin una sola queja, como una fiel amiga, que sentí la necesidad de hacerle un homenaje en forma de artículo de despedida. Y me contestaron hasta moteros del otro lado del océano porque puse palabras a algo que ellos también habían sentido. Y aquel sencillo homenaje se convirtió en gran homenaje traspasando el charco, porque ya no hay distancias, ni desconocidos permanentes: magia.

Así que desde hace unos años,  he podido añadir algo a esa especie de letanía que me sugiere tan mágica palabra: viajar en la Red.

RELATO GANADOR: "Star Trekecentros" - Inmaculada Peña (Sariego)

"Larga y próspera vida a los telecentros. No, no soy Mr. Spock, pero muchas veces me siento como el capitán Kirk y al administrador del telecentro lo veo como Mr. Spock.

Supongo que os acordareis de los míticos personajes de Star Trek y su nave Enterprise. Pioneros de la ciencia ficción en la pequeña y gran pantalla. Kirk era el capitán guapo, emocional,  inteligente pero poco científico y Spock eral el oficial medio vulcaniano, medio humano de orejas puntiagudas y que se esfuerza por no tener sentimientos, que se ocupaba de la parte científica con sus exactos cálculos y su meticulosa manera de hacer.

Me explico. Por mi afición me veo obligada  muchas veces a hacer experimentos con fotografías, montajes imaginativos, creaciones originales, etc. Pero mi problema es que... ¿imaginación? Tengo. ¿Creatividad? Voy servida. ¿Tecnología? Los telecentros me la ofrecen. ¿Capacidad para trasladar  las ideas de mi cabeza al ordenador? Ejem. ¿Os he comentado lo servicial que es el chico del telecentro de Sariego?

Es entonces, cuando él adquiere el papel del primer oficial de la nave ya hace su magia bajo mi supervisión. Quiero esta flor con forma de as de picas. Él agita sus manos, las mueve en el teclado y... ¡zas! Hecho.

¿Un reborde? ¿Más grueso? ¿En otro color? Estira la sombra, cuidado que tapas las letras...

A veces, me da vergüenza recurrir a él. Tiene poco tiempo y yo le pido dedicación casi exclusiva durante varias horas. Entonces intento hacerlo yo sola. Abro el programa, voy a la imagen que deseo, elijo la forma que quiero. Incluso en algunas ocasiones selecciono la herramienta correcta. Pero en cuanto tengo que trabajar con capas, sombrear, degradar los colores, darle profundidad, clonar texturas... mi cabeza se colapsa y grito SOS. En aquel momento, él se sienta y hace su magia. Sí, ya se. Como el sr. Spock, él también dice que ni hablar de magia, es lógica y seguir los pasos correctos. Pero confieso que a mi me deben apretar los zapatos, por que de pasos correctos, nada de nada.

Dicen que las cosas de palacio van despacio. Eso me da esperanzas para que con el tiempo y mucha paciencia, pueda llevar  yo la nave de mi ordenador a través del universo de los chips.

Se que nunca seré un Spock, pero me conformo con llegar a ser una buena aprendiz".
 

RELATO GANADOR: "Inicio" - Dominique Vernay

Había encontrado trabajo en una casa de la urbanización más lujosa de la ciudad. Era lunes. Temía los lunes por todo lo que eso implicaba: un fregadero a rebosar de platos sucios, unos baños en los que habría que aspirar, borrar todo indicio de cuerpos peludos y un dormitorio sólo comparable con la planta mujer de un gran almacén al final del primer día de rebajas. Al entrar en la habitación de los señores suspiré. Era peor de lo que me esperaba y eso que Don Jaime estaba fuera, de viaje de negocios. Recogí del suelo la primera cosa con la que tropecé: un zapato de tacón altísimo y, al levantar la cabeza, me fijé en el parpadeo de una señal naranja en la parte inferior del ordenador situado junto a la ventana, el de la señora. Por descuido lo habrá dejado encendido, pensé. Intrigada, me acerqué a la pantalla y vi que a su derecha, en un  recuadro, se podía leer:  Carlos dice: hola cariño, te necesito, contéstame ¿estás ahí?... Nunca antes me había atrevido a tocar la más minima cosa de un ordenador, salvo, claro está, cuando se trataba de quitarle el polvo. Pero ahora, sola frente a aquel parpadeo naranja, noté, al revés de la necesidad de apartarme, como siente uno frente a la llegada de una ambulancia y su parafernalia, la de implicarme y de actuar. Con el ratón en la mano y, tal como había visto hacer a otros, muchas veces, llevé la flecha hacia el recuadro y pinché... había acertado y el folio virtual se desplegó con la pregunta ¿estás ahí? repitiéndose una y otra vez con un sin fin de signos exclamativos y emoticones. Buscando las letras en el teclado con la misma aplicación que antes pelos en la bañera, contesté que no estaba la señora y que yo era la asistenta; no hubo respuesta, el ordenador quedó mudo. Entonces, seguí con mi trabajo: recoger una prenda tras otra asegurándome de poner lo sucio en lo sucio y lo limpio en el armario; sólo sabía de un método para hacerlo bien que consistía en mirar y, en caso de duda, oler. A eso se veía reducido gran parte de mis mañanas de los lunes&separar la porquería de lo limpio, atisbar cualquier cerco, marca, mancha, rayón o resto amarillento, negruzco, grasiento en ropas, sábanas, toallas, puertas, estanterías, frascos de perfumes destapados, cromados de griferías de diseño y mármoles de Carrara&y todo, por un sueldo de miseria.

 A las tres y cinco nos encontramos, la señora y yo, en el hall de entrada:
--Ya me iba, dije mientras ella lanzaba una rápida mirada al reloj de la entrada, asegurándose así de mi cumplimiento con el horario acordado, antes de concederme un breve saludo. 

 --Por cierto, añadí  sacando ya el bono- bus de mi bolso...  en el ordenador, un tal Carlos la andaba llamando. Le quise contestar pero...
--¿Pero cómo te atreves?... se escandalizó la señora, como te atreves a husmear en lo más privado...

 --Tiene usted razón señora, dije, interrumpiendo a mi señora adúltera, a mí también me encantaría poder dejar de husmear en las cosas más intimas de su vida... pero se ve que en eso consiste mi trabajo. Por otra parte, creo que mañana mismo, y antes de la vuelta del señor de ese viaje tan oportuno, deberíamos hablar de los 50 euros de aumento que usted me prometió hace ya seis meses.

Y sin más dilaciones salí a la calle.  Me sentía fuerte. Había sabido utilizar un ratón, pinchar y dar a Ok... ya no sería nunca la misma.

 

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